lunes, 2 de noviembre de 2009

BREVE INVESTIGACIÓN SOBRE LA HISTORIA DE LA EMPRESA DE MENOR TAMAÑO(EMT) EN EL SIGLO XIX EN CHILE

Trabajo de investigación realizado por Gonzalo López Gaete, estudiante de Quinto año de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, para el curso de Clínica de Asesoría Jurídica a la Gestión de Empresas (EMT), segundo semestre año 2009.


Introducción

La historia, en cuanto estudio del desarrollo temporal de procesos e instituciones, posibilita la reflexión acerca del sentido de esta historicidad.

Sobre la pequeña y microempresa ha surgido un discurso que ha estado en boga en el último tiempo. El reconocimiento que, en estas entidades se juega buena parte de la organización económica y social de una nación ha legitimado este discurso. Pero por otra parte resultan visibles una serie de problemas que dificultan, perturban e incluso cooptan su existencia y desarrollo. Es sabido que “de lo dicho a lo hecho hay mucho trecho”. Hay una fisura en cuanto al discurso y la práctica institucional en torno a la empresa de menor tamaño (EMT).

¿En qué puede contribuir la historia, en este problema? Primero, en un sentido obvio, para no repetir los errores del pasado. “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, sostuvo el filósofo Santayana. Segundo, para ver y determinar si la existencia y pluralidad de empresas de menor tamaño es un fenómeno reciente, si posee cierta antigüedad o larga data. Ante qué factores las EMT han florecido y ante cuales se han replegado. Tercero, para dilucidar si los problemas actuales de las EMT son propios de su panorama actual, o son problemas con los cuales las EMT en forma permanente han tenido que convivir, o más bien soportar.

Se hará necesaria una revisión muy somera al panorama general de la economía y a la situación social en el siglo XIX, para una comprensión del punto de partida de la presente monografía.

En general, puede decirse que la historia de la EMT chilena en el siglo XIX puede ser entendida como su historia desde los inicios de la independencia nacional. Pero no hay una conexión necesaria entre la evolución política y la evolución económica. De acuerdo a Salazar, los modos de producción propios del sistema colonial perduraron hasta fines del siglo XIX. Y no tan sólo se trato de una larga decadencia de la economía colonial en un contexto capitalista. El retraso económico nacional se expresó en el mismo auge de la economía colonial siguió manifestándose tras la separación de España. Sólo a fines del siglo en comento se manifiesta la decadencia y crisis de las relaciones económicas coloniales. Este retraso se manifiesta en el modo de producción rudimentario de la EMT.

La economía a inicios del siglo XIX

Durante la colonia, el comercio exterior nacional estuvo marcado por las indicaciones de la Corona, las cuales configuraron un monopolio para la misma. Las reformas borbónicas tendieron a liberalizar el comercio exterior en forma parcial. Los aranceles de importación se redujeron y se tomaron otras medidas para reducir el desbordado contrabando, con el cual se configuraron relaciones económicas con Francia, Holanda y, sobre todo, con las casas comerciales británicas. Al respecto, debe tenerse en cuenta que allí mismo la revolución industrial se estaba desenvolviendo. En la colonia se desarrolló la agricultura y minería orientada a la exportación.

Con la crisis política surgida por la caída de España frente al Imperio Napoleónico y el proceso de guerra entre patriotas y realistas, el comercio exterior con España pasa a un segundo plano, y se desarrollan en su potencial las empresas británicas en Chile. Las ciudades porteñas empiezan a crecer un ritmo muy fuerte, motivadas por la llegada de empresas extranjeras, en reemplazo del rol de la oligarquía española.[1] A su vez, estos puertos (sobre todo Valparaíso) servían de pivotes para el traslado de las mercaderías hacia otros destinos como de Latinoamérica, e incluso Asia.

A su vez, hay que considerar el bloqueo económico de Napoleón a Inglaterra, por lo cual, la nación inglesa buscó la salida de sus productos en otros mercados, como Chile. La presión extranjera hacia la adopción del modelo de comercio exterior contó con el entusiasta apoyo de figuras criollas, sobre todo, de Diego Portales.

En el Chile de la Independencia, no había propiamente un mercado interno. La mayoría de la población producía sus propios artículos de consumo (ropas, herramientas o menaje doméstico)[2]. Escenario ante el cual las EMT no tienen real destino comercial.

Ante la realidad de la Independencia Nacional, el país debía tomar la decisión sobre el modelo de desarrollo que iba a adoptar. Se pudo escoger un modelo en el cual se reducen los aranceles aduaneros, se aumenta el comercio exterior y se orienta la actividad económica hacia la exportación. El desarrollo y la importancia de la agricultura es paradigmático en este modelo. O por otra parte, un modelo en el cual se dificultan las importaciones, se protege la incipiente industria nacional y se busca que esta satisfaga las necesidades de los habitantes de la nación, hasta que dicha industria deje de requerir protección. La firma de Tratados de Libre Comercio implicó la opción del gobierno por el liberalismo económico, “librecambismo” en la terminología de Salazar. Estos Tratados dejaron en posición de igualdad al empresario extranjero en relación al nacional, prohibiendo la discriminación al extranjero[3].

En relación a los monopolios anteriores, la política de Libre Comercio decretada en el período independista (1811) resultó una novedad. Las empresas del país pudieron acceder a mercados nuevos como Australia, Canadá. Por otra parte, condujo a una reducción estable de los precios de las mercaderías importadas, lo que desalentó la posible orientación de los empresarios coloniales hacia la producción industrial.

Evolución de la economía chilena

Durante el siglo XIX, el agro cede parte de su importancia hacia otras actividades más acordes con los tiempos del capitalismo, como la minería, el comercio y la banca.

Si bien es cierto que con la globalización, el comercio y la intensidad de las relaciones económicas internacionales llegaron a un nivel especial de intensidad, no es menos cierto que ya a mediados de siglo, comercio exterior era sumamente influyente en la economía local, comparable al nivel actual.

En el siglo XIX tuvo gran importancia (no reconocida por la historiografía clásica, la cual subraya la importancia de la hacienda.) el trabajo popular artesanal y manufacturero, de carácter doméstico y autónomo. Este trabajo a través de talleres se desplegó desde el auge de la economía colonial, a fines del siglo XVII. La producción fue básicamente a través de talleres organizados en gremios de carácter monopólicos; gremios que se disolvieron tras la independencia.

Un grave problema del comercio interno fue la escasez de dinero, que dificultó de sobremanera sus pagos. Esta fue consecuencia de una balanza comercial negativa, resultado de las ingentes importaciones británicas.

Tanto G. Salazar como J. Pinto sostienen que el empresario criollo realizó un rol básicamente especulador. Los criollos fueron socios de las casas comerciales extranjeras, dedicándose a los préstamos, al comercio detallista y la exportación primaria. El desarrollo industrial criollo nacional fue en cierto sentido “subsidiario”, cuyo surgimiento fue respuesta ante la inexistencia de negocios más lucrativos. Ante este panorama, el rol de desarrollo de la industria nacional fue tomado en una considerable medida por empresarios extranjeros.

Se señala como razón principal, que las rentabilidades de los negocios mercantiles eran muy superiores a las industriales. Se calcula que, en el negocio mercantil se obtenía una rentabilidad de entre 25 a 30 por ciento anual. En cambio, en la empresa industrial la rentabilidad bordeaba el 8 por ciento.

A mediados de siglo, Chile se convirtió en el principal exportador de cobre del mundo[4]. Pese a ello, la balanza comercial chilena registró déficits considerables de a lo menos 30%[5]. De acuerdo a cifras entregadas por Eduardo Cavieres, durante el período 1820-1848 el comercio oficial entre Chile y Gran Bretaña aumentó 36 veces respecto de las exportaciones y 19 veces en relación a las importaciones, sin considerar el flujo de metales preciosos y el contrabando[6].

Por otra parte, la dificultad de crédito interno fue un grave problema para las empresas productoras. Este problema fue detectado por J. G. Courcelle-Seneuil, el cual propuso la creación de una Ley General de Bancos (1860), con el propósito de terminar con los préstamos con interesas usureros, que alcanzaban el 30 por ciento anual. Resuelta esta dificultad se dio un paso hacia la industrialización, que sólo empezaría cerca de 1870, promovida por las empresas extranjeras.

Sin embargo, parece que fue demasiado tarde. La mayoría de las industrias entró en crisis y ruina con el advenimiento de las crisis económicas, a fines del siglo XIX. Salazar atribuye el ocaso de la industrialización local principalmente (entre otros factores) a la desconexión entre la empresa financiero y mercantil con la empresa productiva nacional, a la ausencia de una alianza entre los grupos artesanales y el sector comercial de la nación. La elite nacional tuvo una incansable vocación especulativa.

También fue determinante la ausencia de una política estatal de industrialización. Sólo como medida excepcional a la tendencia, puede contarse con los Arancel de Aduanas de 1878 y 1897, que impusieron aranceles elevados a los productos que se fabricaban con cierto volumen en el país.

Respecto del rol del Estado chileno en la economía, parece que nunca olvidó sus responsabilidades económicas. Prueba de ello fue su disposición a financiar gran parte de la infraestructura de transportes y comunicaciones que ayudó a integrar el mercado interno y conectar los centros productivos a los puntos de exportación. También invirtió en la red de transporte público, en obras de regadío, y sostuvo diversas y contradictorias políticas aduaneras y crediticias.

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La EMT en la economía nacional

Mientras que el patriciado empresarial lucraba con los préstamos, las rentas y las importaciones, “la polarizada estratificación social que tuvo lugar durante los siglos coloniales habría relegado la empresarialidad productiva al mundo popular, donde su maduración se vio truncada una y otra vez por la explotación mercantil.”[7]

La competencia de la manufactura nacional se dio contra la manufactura importada y la producción industrial del extranjero en Chile[8].

La desaparición de la Corona en la configuración de las relaciones sociales implicó la caída de la protección cristiana sobre el trabajador, relaciones que G. Salazar califica como “proto-esclavistas”[9]. Sistema de trabajo que colapsaría hacia fines de siglo, con la “fuga de los rotos”[10]. El trabajo asalariado moderno fue escaso e inestable, sus estimación rondan entre el 0,1 y 9% del trabajo total. En cambio, el trabajo premoderno es estimado entre un 55 a 65%. Por esta razón, la EMT se volvió una opción atractiva para el sector popular, ante esta pésima calidad del empleo, aún analizándolo bajo el estándar del siglo XIX. Tanto en el ámbito urbano como rural, fue común el abuso patronal y, ante la falta de circulante, el salario desmonetizado mediante fichas. Las bajas remuneraciones y la desmonetización del mercado interno condujeron a que la industria dirigida al mercado interno, no se consolidara ni se estabilizara. Ello fue en directo detrimento de las EMT, las cuales su producción estaba ampliamente dirigida al mercado nacional.

En Chile, hubo también pequeñas actividades económicas en la minería, la que se enfocó en la extracción de oro, plata y cobre. La minería no experimentó desarrollo significativo, ya que poseyó gran dependencia respecto del crédito y de los aviadores (comerciantes vecinos). Lo cual produjo que una parte considerable de sus ganancias fuera a terminar en las manos de prestamistas y aviadores.

El desarrollo minero nacional se caracterizó por una muy baja inversión en capital, concentrando sus esfuerzos en la utilización pura de mano de obra, conformando un esquema empresarial “pre-capitalista”. Los riesgos asociados a la minería, la inestabilidad de la propiedad minera (El inseguro régimen de amparo), la falta de tecnología, la falta de voluntad de correr riesgos, los elevados intereses condujeron a una baja inversión por parte del empresariado, lo que condujo a una letanía y muerte a largo plazo de la empresa nacional minera, la cual terminó en siendo incapaz de competir contra la minería norteamericana y europea. La petición de los pirquineros nacionales por una Caja de Crédito minero sólo fue atendida medio siglo después en la dictadura de Ibañez.

Por otra parte, el censo de 1854 identificó al artesanado como el segundo grupo más numeroso de la población económicamente activos, siendo muchas de ellas mujeres hilanderas, tejedoras o alfareras[11]. La proporción de los artesanos para ese mismo año, es fijada en un considerable 26%[12] Además, habitualmente los artesanos trabajaban asociados con peones “aprendices”, “vendedores”, o como simples peones.

De acuerdo a Cristóbal Kay, en el inquilinaje chileno se encuentra una mezcla entre explotación y satisfacción de las peticiones del terrateniente, con una producción autónoma para autosatisfacción y la generación de un excedente para comercio, vinculando elementos de subordinación y lógica empresarial[13]. En cambio G. Salazar señala a los labradores (no inquilinos) como manifestación de un proyecto de empresa autónoma rural. “Se observa la presencia de un enorme estrato de pequeños propietarios rurales que, por sus características, no constituyó una proto-burguesía rural, sino más bien la versión chilena (declinante) de un ‘campesinado clásico’”[14] Los labradores no tan solo buscaron la subsistencia económica, sino que también estaban seriamente interesados en acumular patrimonio material a través del trabajo. Durante la mayor parte del periodo 1700-1850, la “clase de los labradores” jugó un rol productivo de importancia en la economía agrícola chilena. Dedicándose a diversas labores como el trabajo en viñas, crianza y tráfico de ganado, producción de trigo, compraventa de tierras, viticultura, fruticultura, y sobre todo, producción de ventas y hortalizas.[15]

Por parte de la historiografía clásica, se señala que las relaciones entre trabajadores rurales y el patrón de la hacienda fueron pacíficas. Para ello, se fundan en que la primera huelga nacional fue en 1890. Sin embargo, no consideran el referido éxodo masivo de trabajadores, el cual a mi parecer inclina la balanza en contra.

La industria popular urbana fue sumamente rústica, casera, erigido desde la pobreza, con mínima inversión. Configuró un proyecto político popular industrialista, cuya represión sirvió de antecedente para la radicalización y manifestación socialista.

Por otra parte, el destino de los productos realizados por estos talleres consistía principalmente en el mercado interno, aunque también aumentaron las exportaciones a Perú. Fabricando productos tan heterogéneos como mantas, madera aserrada, quesos, sebo, suelas, vino, jabón, velas, bayetas, cáñamo, charqui, galletas, harina. Salazar estima que el volumen de la industria textil popular alcanzo a mediados del siglo XIX, muy probablemente, “valores anuales equivalentes a las exportaciones año a año de todo el sistema de haciendas”[16].

La coexistencia de las habitaciones y talleres urbanos fue el leit-motiv de la ofensiva de la burguesía mercantil (que por cierto, controlaba el Estado) hacia estos grupos que les hacían competencia (o simplemente les disminuían sus ventas).

El patriarcado mercantil hostigó en forma continua los talleres mercantiles, mediante procedimientos como, entre otros, la evacuación de sus puestos de venta del centro de la ciudad, imponiendo precios, expulsando los talleres por razones de salubridad pública[17]. Mediante decretos municipales y de intendencia se ordenaron continuas expulsiones de talleres, sin ninguna compensación económica.

Reflexiones y conclusiones

La EMT tanto en el siglo XIX como en la actualidad, les ha correspondido una importante función social. Tras de ella se encuentra el sustento de familias, la promesa de mayor trabajo y una distribución más equitativa y justa del ingreso nacional. También queda a la luz la conexión entre la labor femenina y la EMT. Un alto porcentaje de las EMT comprende el esfuerzo, voluntad e iniciativa de mujeres, tanto en el siglo XIX como en la actualidad.

En tanto la EMT se dedica a las labores de producción, muchas de las dificultades con las que tiene que enfrentarse son comunes a la industria nacional. En este sentido es indiferente el tamaño de la industria. Por otra parte, los intereses de las empresas de producción no contaron con suficiente respaldo en el siglo XIX. Por el contrario, los intereses de los comerciantes lograron imponer sus aspiraciones como planes de desarrollo nacional.

Sin embargo, junto con la evolución de la economía, la EMT del siglo XIX se caracterizó por realizar labores más propias de la producción. En cambio, la EMT actual en Chile realiza más bien trabajos en el sector de servicios (terciario).

La dificultad acerca de la falta de un trato jurídico acorde con la entidad de las EMT, no es solamente una dificultad actual, sino que ya se había manifestado en el siglo XIX.

Otra de las dificultades que actualmente enfrentan las EMT y que coincide con la tendencia expresada en el siglo XIX, consiste en la falta de un sentido de respeto o valoración hacia los productos nacionales. En el país se halla una creencia según la cual es indiferente el lugar de origen de los productos consumidos, salvo respecto de ciertas excepciones simbólicas como la impugnación de los alimentos del Mc Donalds, como manifestación del imperialismo “yanki” pero no por la afectación que produce a la empresa nacional.

También se halló que la EMT sufrió serias restricciones a la posibilidad de desarrollo de su actividad económica, por las vías administrativa, municipal y sanitaria, vulnerando el derecho a la propiedad de los talleres artesanos. Ante las medidas arbitrarias que se tomaron ante las pequeñas empresas, uno esperaría que los Tribunales efectivamente sirvan para evitar los desplazamientos arbitrarios y discriminatorios, sobre todo a través del recurso de protección.

La EMT, a la luz de las investigaciones de J. Pinto y G. Salazar, no es vista solamente como el tópico del emprendimiento personal, sino como expresión actual del retraso en la industrialización nacional, de la industrialización frustrada. O peor aún, a la vista de la falta de voluntad real de fomento a las empresas productoras, como resultado de una tentativa de industrialización.

Bajo el movimiento del último ciclo económico del país, habría una correlación entre las políticas liberales de shock gobierno, la drástica reducción de las industrias nacionales y, a causa del desempleo generado, el aumento considerable de microempresas. Las microempresas pueden verse como una alternativa frente a la precarización del empleo que ha imperado en los últimos años motivada por las exigencias de la globalización. En relación a la conclusión anterior, de llevarse a cabo las medidas de flexibilidad laboral discutidas durante los últimos años en el discurso político sobre la economía, ello implicaría un nuevo aumento en la cantidad de EMTs y un crecimiento en su importancia en su rol social.

Finalmente, el estudio de las relaciones económicas en el siglo XIX da cierta luz para una comprensión del principio de subsidiariedad del Estado. Si de acuerdo a la Constitución, el Estado no debe intervenir en materia económica, salvo cuando los particulares no cumplan con su función empresarial, resulta útil tener una visión histórica acerca de cuál es el grado de cercanía que ha tenido el empresariado en relación a las necesidades sociales de inversión. Bajo la tesis de Salazar, que el empresario criollo ha buscado ante todo el lucro, desinteresándose por el beneficio social de su actividad; de ello se sigue que se debería estar sumamente alerta en cuanto a la actividad que realizan los privados. Si el beneficio social está en un segundo plano del negocio, en un lugar accesorio, entonces el Estado debiera tener una mayor iniciativa para la inversión empresarial. La mera existencia de empresas privadas en un área de la economía no significaría por sí sola inhabilitación alguna para la participación del Estado en dicho sector. Pero si fuera entendido así, el principio de subsidiariedad pasaría a cumplir un rol muy limitado, bastante alejado de la función de bozal que cumple actualmente.

Bibliografía

  1. Pinto, Julio (Con la colaboración de Ross Orellana, César y Matus G., Mario). Historia contemporánea de Chile, Volumen III. La economía: Mercados, empresarios y trabajadores. Santiago, LOM Ediciones, 2002, 192 p.
  2. Salazar, Gabriel. Historia de la acumulación capitalista en Chile (Apuntes de clase). Santiago, LOM Ediciones, 2003, 160 p.
  3. Salazar, Gabriel. Labradores, peones y proletarios. Santiago, Ediciones SUR, 1985, 328 p.
  4. Salazar, Gabriel. Mercaderes, empresarios y capitalistas (Chile, siglo XIX). Santiago, Editorial Sudamericana, 2009, 794 p.



[1] Salazar, G. Historia de la acumulación capitalista, p.62

[2] Pinto, J. Historia Contemporánea de Chile, Vol: III, p. 133

[3] Llama la atención la similitud de estas características con el D.L. 600 sobre inversión extranjera (1974).

[4] Salazar, G. Historia de la acumulación capitalista, p. 74.

[5] Ibíd.

[6] Pinto, J. Historia contemporánea de Chile, Vol. III, p. 20.

[7] Pinto, J. Historia contemporánea de Chile, Vol. III, p. 68.

[8] Salazar, G. Mercados, empresarios y capitalistas. p. 117

[9] Salazar, G. Historia de la acumulación capitalista, p. 65.

[10] Íbid, p. 72.

[11] Pinto, J. Historia Contemporánea de Chile, Vol: III p. 134.

[12] Salazar, G. Mercados, empresarios y capitalistas, p. 239

[13] Citado en: Pinto, J. Historia Contemporánea de Chile, Vol: III p. 167.

[14] Salazar, G. Labradores, peones y proletarios, p. 33.

[15] Íbid, p. 75

[16] Salazar, G. Mercados, empresarios y capitalistas, p. 247.

[17] Íbid, p. 300.

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